viernes, 1 de marzo de 2013

La filosofía se muere.


La filosofía está en peligro de extinción.
La moral se muere.
Los corazones se pudren.
Los cerebros duermen.
 Y los principios están con la etiqueta, sin estrenar.
La filosofía está en peligro de extinción. Hemos creado leyes para suplantar la falta de moral que nos caracteriza. Tenemos miedo y vivimos acurrucados tras la espalda de figuras que creemos invencibles. Abogamos por una sociedad justa y digna las mismas personas sin valores que miran hacia otro lado cuando ven la injusticia en las calles y en los corazones. Somos humanos sin humanidad. Hemos creado una raza autodestructiva que acabará por aniquilarse así misma entre susurros agónicos. Tememos alzar la voz, a pesar de saber que nadie va a escucharnos por muy alto que gritemos. Vivimos con miedo, con miedo a vivir. La ética y la filosofía son viejos libros guardados en estanterías que ya están olvidadas. La gente no piensa, porque pensar implicaría darse cuenta de que todo va mal. Nos pasamos el día mirando la tele, porque preferimos ver los problemas d otros y centrarnos en cosas ajenas a nuestro propio dolor, creyendo que así desaparecerá. Ignorantes. Ojos que no ven, corazón que no siente. Corazón que no siente, sociedad sin ética. Hemos dado de lado todo aquello por lo que el hombre luchó cientos de años, entre ello, la libertad. Nos creemos libres. Libres de elegir el color de la venda que nos tapa los ojos. Libres de escoger el grosor de la soga con la cual nuestra economía nos asfixia cada día más. Es triste pensar que lo que mueve el mundo ya no es el amor, sino el dinero, si es que el amor ha llegado a mover algo en algún momento de la historia. El dinero. Habráse visto cosa más banal, superficial y abstracta que el dinero. A veces creo que el dinero es sólo la excusa que el ser humano ha puesto para matarse unos a otros. Otras veces me doy cuenta de que es simplemente el arma que usamos para hacerlo. Vivimos sin ser nadie, y morimos siendo pasto para los gusanos. Nuestra mera existencia parece un mal chiste. Creemos que pensamos, pensamos que vivimos. Pero ni siquiera en la muerte encontramos la solución. Huimos de nuestros problemas. Hasta la Luna se va alejando cada vez más de la Tierra, y no me extraña, porque damos asco. Sociedad automática, sin moral ni principios. Todos buscando finales felices y nos olvidamos de buscar los principios que en realidad mueven el mundo. Hemos creado leyes, montones de libros de leyes, para suplantar nuestra falta de moral y principios. Si dicha moral funcionase no habría necesidad de establecer normas. Si consiguiéramos tener un poco más de corazón y un poco menos de estómago, nuestra propia ética nos llevaría a actuar justa y correctamente. Pero no. Ni de lejos es el caso. Así que nos refugiamos tras normas que acatamos sin rechistar. Normas creadas por gente sin conciencia. Ningún ser imperfecto puede crear perfección, y las leyes son un claro ejemplo. Acatamos normas, nos vestimos por modas y callamos lo que no quieren que se diga. Hemos creado nuestra propia dictadura global. El mundo es movido por un elemento etéreo, como es el dinero. Nuestros corazones se mueven al compás del miedo que nos provoca actuar. Y nuestra mente vive dormida, ajena a lo que ocurre, centrándose en llevarse algo a la boca, algo que jamás nos llena. Hemos creado drogas, porque quizás necesitamos ser adictos a algo, o por el miedo a ser autosuficientes. Jamás salimos del vientre de nuestras madres, tenemos un cordón umbilical que nos tiene atados a la sociedad que ya ni nos alimenta, ni nos da calor, ni nos ofrece un hogar, ni siquiera nos resulta familiar. Tomamos la política como una especia ajena a nosotros mismos, sin darnos cuenta de que nosotros elegimos a esas mismas personas que se lo están llevando todo, que se están llevando lo que es nuestro. Vivimos dormidos, creemos que despertamos cada mañana, pero nuestro corazón hiberna y nuestra mente jamás ha despertado de su largo sueño. Un sueño que no sabemos en qué momento se implantó en nuestro cerebro, y que juraría que viene de fábrica de no ser porque aún creo que se puede pensar. Aún creo en mi misma, aunque haya perdido la fe en Dios, en la sociedad y en la política. Aún creo que una persona puede cambiar el mundo.  Somos seres egoístas. Solo pensamos en nuestro propio beneficio, y en nada ni nadie más. Podréis alegar que os preocupáis de vuestra familia y amigos, pero al fin y al cabo el amor que sentís hacia ellos no es más que el deseo de que si en algún momento os encontráis en apuros ellos vengan a rescataros. Tenemos el síndrome de Peter Pan, de princesa de cuento y de Alicia. Me explico: no queremos crecer, porque crecer implica responsabilidades, y las responsabilidades implican tomar decisiones, y somos demasiado cobardes como para asumir las consecuencias de nuestros propios actos, por lo que elegimos, cobardemente, no actuar. Sufrimos el síndrome de princesita de cuento, necesitamos que nos rescaten, dependemos de cualquiera que nos eche una mano y que nos haga este sueño un poco más ligero. También somos superficiales y arrogantes. Jamás asumiremos nuestra propia debilidad, escondiéndonos tras máscaras perfectamente maquilladas. Tras pieles impolutas y trajes caros, perfumes que tapen el olor a mierda que desprenden nuestras conciencias podridas.  Y por supuesto, el síndrome de Alicia en el País de las Maravillas. Soñamos con una sociedad perfecta, soñamos con soluciones que se nos olvidarían al despertar, si es que despertáramos alguna vez. Esperamos que sean los otros los que nos den las respuestas a las preguntas que formulamos sin cesar, sin darnos cuenta de que las respuestas a tus preguntas solo te incumben a ti, y que cualquier otra persona es diferente a ti mismo, y por tanto, sus preguntas pueden parecerse, pero jamás serán iguales a las tuyas.

Podré parecerte pesimista, pero seguramente soy más optimista que cualquier persona que hayas conocido. Porque aún creo que la sociedad que fue creada por el hombre puede ser modificada por el mismo, y que los errores que hay en ella, que no son pocos, no son sino reflejos de nuestros propios sentimientos. Creo que el cambio es posible y que depende sólo de los individuos. No hay fórmulas secretas que solucionen este nudo, pero creo que ya ha llegado la hora de dejar de apretar si queremos deshacerlo. Creo que ha llegado el momento del cambio, que a esta sociedad le ha llegado su otoño, y ya va siendo hora de que cambiemos las hojas podridas que tenemos por normas, leyes y principios y que florezca la moral que llevamos dentro. Ha llegado la hora de hacer honor a la palabra “humanidad”.
Ha llegado la hora de que la Filosofía renazca.